Se rieron, pero con la risa espontánea, con risa sincera, sin compromiso. Nos piropearon, con alegría y tacto. Nos aplaudieron, con fuerza, con agradecimiento. Cuando los funcionarios desalojaron el salón, los presos y presas nos iban mandando besos con las manos, según volvían a la galería. Yo no vi en ese sitio la escoria de la sociedad de la que hablan los políticos, ni delincuentes irreductibles que dice la prensa, ni gente inadaptada que dicen los jueces. Solo vi jóvenes, hombres y mujeres, gente pobre, seguramente con historias terribles, historias jodidas y con una gran dosis de mala suerte en la vida.
Cuando el salón quedo vacío, recogimos el atrezzo, el sonido, los paneles... pero también nos llevamos sus miradas y su alegría. Salíamos contentos por haber conseguido que durante un pequeño rato esos presos y presas se hubieran sentido libres. Durante una hora, se perdieron en el mundo mágico del teatro.
Al salir de la calle San Roque, unas manzanas mas adelante, pasábamos junto a una entidad bancaria, hipotecaria, crediticia y no sé que más, con su publicidad en los cristales prometiéndonos la alegría de vivir si nos adentrábamos en sus oficinas.
-¿Ves, Josu? . Para estos ladrones de guante blanco nunca habrá cárcel y encima ya ves, ahora les tenemos que pagar todo lo que nos han robado.- Chasquea con la lengua y prosigue. - Lo peor en la vida es ser pobre y tener mala suerte. ¿A que sí?- . Me dice Edurne todavía con la emoción a flor de piel.
