Me acuerdo del título, pero no recuerdo su autor. Posiblemente nunca lo supe. -Prometo buscarlo un día de estos-. Recordé este título al desempolvar la memoria y regresar a mi niñez.
Eran los años de lo que llamaron "transición". Años extraños, de cambios que no llegaban, de ansias fustigadas y utopías al alcance de la mano, utopías que el tiempo- y alguien con corona- convirtió en eslóganes imposibles.
En aquel tiempo, la profesora de lengua nos leía "Se vende Villacañitas" los viernes a la tarde. Dos páginas cada viernes. Escuchar aquella lectura hacia que me sintiera un poquito más libre, más persona, más niño. Me apena pensar que el único recuerdo bonito que tenga de la escuela sea aquella lectura. Villacañitas era mi refugio imaginario. Era el rato feliz, la tregua.
Recuerdo el tiempo de mi niñez, como un "dejar pasar", con las esperanzas puestas en hacerme mayor y entonces poder huir de todo cuanto me rodeaba.
Pero aquellos viernes a la tarde, si los recuerdo con nitidez y agrado. Para mi era un oasis. Un espacio y tiempo de evasión. No había gritos, no había miedos, solo el silencio y la voz emocionada de la profesora.
Dejaría de escribrir este texto, para así no tener que recordar y sentir como se me remueve todo por dentro. - No, no sigas escribiendo, que la vas a cagar-. Mi yo sensato me pide que deje las cosas como están. Que deje el polvo amontonarse en esos rincones de la memoria, para que así quede oculto todo lo que malviví. Que no hay que remover la mierda, que todavía es pronto.
Pero al ver crecer a mi hijo, me está llegando mi pasado de golpe, a borbotones, como si ya no pudiera estar más tiempo oculto. Necesita liberarse. Me lo exijo. Mi memoria me exige que la limpie, que quite el polvo de sus estantes olvidados.
Si, lo sé. Esto parece la retahíla de un fracasado. y en cierta manera lo es. Siento mi pasado como un fracaso y se que el porcentaje más grande de ese fracaso está en mi mismo. Asumo esa responsabilidad, pero también hay otros factores, que no podemos subestimar y que es necesario exponer, exponerse uno mismo ante sí.
El maltrato físico en la escuela de mi pueblo siguió existiendo hasta bien iniciada la democracia. En la escuela de mi pueblo se pegaba impunemente, y aún después de que yo la dejara, se siguió haciendo.
Los tortazos indiscriminados, los pellizcos, los "cocazos", el tirar de las patillas del pelo, levantando el cuerpo en el aire mientras me decían : "Castillo, Castillo, que no llegas a chabola", reglas de madera partidas en las palmas y los dedos de la mano, en las cabezas y las espaldas. Y en el festín participaban profesores y curas, ya que en mi pueblo, a pesar de la inaugurada "democracia" , ambos "poderes" seguían yendo unidos de la mano en la escuela "nacional" que después se llamó"pública".
Me llega otro recuerdo. Recuerdo haberme orinado un par de veces de miedo, cada vez que me sacaban a la pizarra. Estoy escribiendo esto, mientras veo a mi hijo jugar en el salón. Y pienso que pasaría si él volviera del colegio con los pantalones mojados por el miedo.
Es practica habitual negar lo malo vivido. Lo conozco bien a mi alrededor. Acabar haciendo chiste fácil, por que dicen que reírse es saludable:
-¿Te acuerdas de DON Fulanito, la mala hostia que tenía y como le abrió la cabeza a Menganito contra la pizarra?. -Pues si, que risa, mira como me parto, ¿Que tiempos verdad?. Menganito ya murió, ¿no?-. -Si, hace poco, con el bicho. -¿Con el qué?. -De SIDA.
Lo hablamos, como si el Tiempo fuera un "ente" indefinido, sobre el cual proyectar todo. La culpa es de los tiempos. Dejémoslo ahí.
Afortunadamente, aquello pasó. Y hoy mi hijo camina cada día a un colegio donde me consta que la vocación va unida de la profesionalidad, y el cariño y el amor con que tratan a mi pequeño, hará posible que cuando él recuerde la escuela, sea una sonrisa lo que se dibuje en su rostro.
Yo no. Yo no tengo nada que agradecer a la escuela que viví y sufrí. Y si escribo esto, no es por rencor. Es por higiene. Por higiene necesito desempolvar lo vivido, sacar la basura oculta para de esa manera poder hacer frente al resto de mis días, más ligero y más limpio. Ocultar la verdad no nos hace mejores y crea sociedades maleadas, hipócritas.
Lo perdono todo. Aunque nadie me haya pedido perdón.
Pero lo que ya no puedo seguir haciendo, es olvidar. Se lo debo a mi infancia. A la escuela que no tuve. Al niño que no viví, que se quedó con los pantalones mojados, siempre temeroso, esperando a ser mayor, para así poder escapar.